En realidad nuestro cuerpo siempre está hablando seamos conscientes de ello o no. Otra cosa es que los demás se percaten de su forma de expresarse y de ese “vocabulario” que nadie nos enseñó.
Esta mañana, iba caminando tranquilamente por la calle cuando de repente a mi derecha descubrí que había unos obreros. Estaban ahí preparados para cortar un hierro con una radial. Yo no sé qué gesto hice. No moví para nada mi cuerpo. Pero mi cara tuvo que ser todo un poema porque en cuanto mis ojos se cruzaron con el chico que tenía la radial, la sujetó y esperó a que yo pasara para comenzar a cortar el metal que se disponía a cortar momentos antes.
¡Y no me moví! Sólo fui consciente de que mis ojos se abrieron más de la cuenta. Nada más. Pero eso fue suficiente para que el chico entendiera que el sonido de la radial me molesta. Y claro, justo iba a pasar delante de él en ese mismo instante en el que iba a usarla. Pero afortunadamente, entendió mi mirada y demoró el inicio del corte de la pieza metálica. Cosa que le agradecí. De hecho, le di las gracias.
La cuestión no es que le diese las gracias o no. La cosa es hasta qué punto somos conscientes del lenguaje corporal de los demás. ¿Percibimos el dolor de pies de alguien cuando tiene alguna molestia aunque no nos diga nada? ¿Notamos que tiene alguna preocupación? ¿O que tiene hambre?
Todo ello sin que nos diga nada. Sólo mirando sus gestos corporales y su forma de mirar.
Escuchar a alguien no sólo es poner la oreja y ya está, hay mucho más allá.
¿Hasta dónde entiendes a alguien y sus necesidades en cada situación?
-Sara Estébanez-