Esta madrugada me desperté con un fuerte dolor de garganta. Como ese que tienes cuando vas a tener anginas. Un dolor fuerte y áspero. Estaba de vacaciones y no podía permitir ponerme mala con 40º de fiebre y no poder disfrutar de estos días después de todo lo que me había costado disponer de ellos. Así, que nada más volver a la cama me paré a pensar. ¿Qué estaba generándolo? ¿Dónde se encontraba su origen? Y tú me dirás, para qué encontrar el origen, si ya tienes esa molestia. Pues te cuento.

Estuve rebobinando todo lo acontecido la semana pasada. Llevaba ya unos días despertándome por la mañana con un vozarrón grave, con tos y con molestias en el pecho. Mi pareja llevaba así con esos síntomas más de dos meses. ¿Sería que me lo había pegado? Va a ser que no, pensé para mis adentros. El origen está en otro sitio. Y sí, sí que estaba en otro sitio.

Hacía siete días tuve una pequeña discusión con mi pareja. Nada exagerado ni fuerte. Sólo unas diferencias de si llamaba a una persona o no. Y ahí que me quedé yo reflexionando sobre esas diferencias. El jueves le comenté que quería escribir un mensaje a un amigo ya que iba a estar en su tierra. Por si podíamos vernos aunque fuese sólo para tomarnos un café. “¿Para qué vas a escribirle? ¿Qué pasa, que siempre que vayamos para allá vas a tener que llamarle?” Ese fue el comentario de mi pareja. Yo no contesté a sus preguntas. Me encontraba en una tranquilidad extrema. No dije nada. Simplemente me callé y me fui a la cama. No sentí ese comentario como una ofensa. Pero hay, los días después.

Al día siguiente, cuál fue mi sorpresa al ver el calendario y darme cuenta de que la semana siguiente era el cumpleaños de mi amigo. Y claro, ahí ya sí que entré en mi duda. ¿Le escribía o no le escribía? ¿Le decía lo de la fecha de cumpleaños a mi pareja o no? Y claro, y si se lo decía, ¿cómo se lo diría? Sabía que si actuaba desde la rabia las cosas no saldrían bien. Mis palabras estarían fuera de tono, serían malsonantes… Y eso me llevaría a un conflicto seguro con mi pareja. Y lo mismo el escribir a mi amigo o no. Sucedería exactamente lo mismo. Si lo hacía desde el rencor sobre los comentarios de mi pareja o desde el “¡lo hago porque me da la gana!”, mi forma de actuar y mi forma de pensar no serían las correctas y quien más saldría perdiendo sería yo.

Y fueron las dudas de “se lo digo o no a mi pareja” y “llamo o no a mi amigo” las que ocasionaron todo. Éstas me fueron carcomiendo internamente durante el fin de semana. Y según iban pasando los días, la ira iba apoderándose de mí. No tragaba la situación. Y mi garganta empezó a avisarme poniéndome la voz ronca.

En ese momento no era consciente de la relación entre la rabia que sentía, el no hacer lo que yo quería hacer y mi ronquera. No tragaba la situación.

Menos mal que el día anterior, cuando amanecí más que ronca, tomé las fuerzas necesarias de comentarle a mi pareja mi necesidad de hablar con esa persona. Fui capaz de hacerlo con tranquilidad y en paz y armonía aunque los dos opinásemos diferente sobre el tema.

Pero claro, ese come, come de llamar o no a mi amigo y la rabia contenida contra mi pareja eran los que habían creado mi ronquera. Y ahora, mi dolor de garganta. ¿Qué hice entonces? Ir a la causa de mi malestar.

Sí, mi pareja estaba durmiendo. No podía despertarle y ponerme a hablar del tema. Pero sí podía cambiar mi forma de ver todo lo acontecido. Podía vero o como una discusión de “me quiere imponer lo que tengo que hacer” a un “me está dando su opinión”. Todo esto lo hice pensando en cada palabra que nos dijimos y no nos dijimos. Si lo veía desde el “me quiere imponer” no tragaría la situación, estaría en tensión continua y los 40º de fiebre no me los quitaba nadie. Pero si lo veía como un intercambio de pareceres, seguro que mi estado físico sería otro. Y así fue. Esta mañana he amanecido maravillosamente bien. Mi garganta sin ningún tipo de molestia. Y con mi voz habitual, no la ronca de los días anteriores.

También he de añadir otro ingrediente que no te he contado. Cuando tomé conciencia de dónde estaba el origen, a parte de cambiar mi punto de vista, me mandé reiki al momento inicial de la discordia, al origen.

La suma fue perfecta cambio de conciencia + reiki al momento inicial del conflicto para sanar dicho conflicto, igual a estado de bienestar. Si sanamos la causa, sanamos el efecto. Toda patología tiene un origen emocional. Si vamos a la emoción que la generó y la sanamos, estaremos sanando el efecto, la dolencia.

-Sara Estébanez-

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