– Hijo, cuando vengas a casa tráeme un poco de pan y las pastillas.

 

Juan era un hombre mayor, viudo y vivía solo. Su hijo iba a verle cada dos o tres días. Pero eso para el hombre era insuficiente. Siempre quería más y más de su hijo.

 

– Sí, padre, lo que usted diga. – Respondió con todo su amor Carlos.

 

Él se desvivía por su padre. En cuanto le hacía la más mínima petición, ahí estaba él para cumplir sus deseos como Aladino a pesar de que Juan podía valerse por sí mismo. Podía conducir. Tenía frente a su portal una panadería y pastelería en la que podía tomar un café cuando quisiera. Pero aun así, Juan siempre se quedaba ahí quieto en su casa. Y eso a su hijo le fastidiaba un poco, por qué no decirlo.

 

– Estás siempre ahí encerrado en casa. ¿Por qué no sales con tu amigo el que vive dos portales más arriba? – Le proponía para no ver a su padre ahí desolado y sentado permanentemente en el sofá.

– ¿Para qué? Seguro que tiene otros amigos y yo ya no pinto nada con él.

– ¿Por qué no le llamas? No pierdes nada. Y lo mismo con el centro de día. Está ahí en la manzana de más abajo. No vas ni un día. No bajas a comer aun teniendo plaza. ¿Por qué estar siempre aquí solo a merced de lo que mi hermana y yo hagamos por ti?

 

– Mercedes me trae todos los días la comida. Mejor aquí en casa, que no ahí en el centro de día con tanta gente. Además, los grupos ya están hechos. Yo ya no pinto nada allí.

 

La hermana de Carlos vivía tres portales más arriba y todos los días le bajaba la comida.

 

– ¿Qué más da preparar un plato de comida más? Echo un poquito más de arroz y ya está. Así padre ya tiene la comida hecha. – Pensaba Mercedes para sí misma.

 

Juan tenía ahí a sus hijos como marionetas para él solo.

 

– ¿Qué mejor vida que tener a tus hijos a tu merced y quedarte quieto ahí en casa? – Se decía Juan para sí mismo. – Uno me trae la compra cada dos o tres días y la otra me da la comida ya preparada. ¡Y de casa! Esto es vida. ¿Para que ir a ningún sitio si tengo a mis hijos a mi servicio?

 

Este relato que te acabo de contar, seguro que alguna vez lo has visto en ciertas relaciones entre padres e hijos, entre miembros de la pareja o, incluso, compañeros de trabajo o de estudios. Es el típico papel de la persona CHICORY. Se aprovecha de los demás sólo para su propio beneficio. Hasta el punto de que si no hacen lo que esta persona le pide al otro se siente con el derecho de ofenderse y regañar a la otra persona por no hacer lo que le ha pedido. Vive en un permanente “pobre de mí” para que los demás estén a su servicio.

-Sara Estébanez-

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